CIC Colectivo La silla

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Chile

martes, 25 de diciembre de 2007

Marcela Muñoz Molina - Chile, 1966



Marcela Muñoz Molina nace en Puerto Natales ( Chile ) en 1966.
Los textos que se presentan a continuación corresponden al libro La inmaculada decepción.



EN MAÑANAS COMO ÉSTA

En mañanas como ésta
solo soy un fantasma, aquí
y en cualquier ciudad del mundo
un alma que transita
sin rumbo y desconocida
apenas el vapor de un alma…
cruzo avenidas,
avenidas infinitas
sin dar con mi reflejo en las vitrinas.
En mañanas como ésta
me levanto en cualquier ciudad del mundo
me levanto en Bruselas, Barcelona
en Buenos Aires
donde ahora no soy nadie
y donde alguna vez fui
un sol, una explosión, un relámpago.
Camino entre gente que me parecen fantasmas
y yo misma soy un fantasma para ellos,
no llega el aire a mis pulmones
…en mañanas como ésta.



ALEJANDRA

Tal vez, si no hubiera leído
a Bretón a los catorce
a Eluard a los quince
o a Artaud a los dieciséis.

Quizás, si Desnos no me
hubiera atrapado a los veinte.

Y René Char no hubiera sido
tan certero y tan tajante.

Si todos juntos,
no me hubieran volado la cabeza
una y otra vez.

Quizás, no hubiera caminado tanto,
juntando piedritas
a orillas del mar.
no habría sentido tanto frío
ni tanta hambre
ni tanto miedo.
Tantas vueltas para terminar
leyendo a la Pizarnik
a los treinta y cinco.
Y saber,
que los aplausos para los poetas,
llegan siempre tarde
y siempre son absurdos.



ENCONTRAR QUISIERA LA MAQUINA DE BORRAR

Encontrar Quisiera la máquina de borrar.
Algo así como el incinerador de la memoria
algo así como el desalojo de las piezas más oscuras
de una vida que no alcanza.
una mano que entre y atrape sin compasión
las imágenes de la tortura, las imágenes en blanco
que sólo sirven para restarme horas de sueño,
una mano que arranque de raíz
la raíz de los colores que me inmovilizan.

Encontrar quisiera la máquina de borrar.
y comenzar absolutamente de nuevo,
brotar como una hoja en otro paisaje,
un paisaje que lo sea todo,
un paisaje de viento y árbol, de inmensidad infinita
un paisaje donde cada cinco minutos amanezca otra vez.

Y uno ahí,
convertido en tierra,
convertido en un pájaro veloz,
capaz de volar sin batir las alas.
Y uno ahí,
entero, completo, mudo
sin articular palabra de tanta lejanía,
haciendo de un segundo toda la vida,
sabiendo que toda la vida no basta
para contemplarlo todo.

Encontrar quisiera la máquina de borrar.
Salir de aquí, diciendo hasta la tarde
y no volver nunca más.
Volver al principio inocente y antiguo
donde no existe riesgo de perder esa inocencia
volver a mis piedras y a mi cueva,
al rugido de mis bestias,
volver a mi carrera desesperada por la pampa
correr sólo por correr
por jugar con el viento.

Hoy no me salva, ni el amarillo de este cielo abierto
ni el mar imponente a menos de tres cuadras
no me salva un recuerdo
no me salva una nostalgia
no me salva la envoltura de mi alma.

Hoy sólo me salvaría encontrar la máquina de borrar.



AL FINAL

Los poetas se van y como por obra de un hechizo,
de ellos no quedan ni sus ropas.
Los poetas siempre se van completamente.
están siempre de paso, unidos al mundo por el cordón de la palabra,
del sonido, de la imagen.
Están cerca,
pero siempre hay en ellos,
algo que los hace transparentes,
ausentes,
algo que los convierte en pájaros cotidianos.
Pasan la primera parte de su vida
tratando de encajar en un mundo que nunca es del todo acogedor
y la segunda,
construyendo un mundo aparte, que es acogedor sólo para algunos.

Hasta que se van.

Casi nada queda de ellos,
algunos recuerdos alrededor de la lápida,
un discurso corto y nostálgico,
el intento por atrapar la última despedida
de un ser que siempre fue de humo.

Sólo la palabra los salva y los perdona.
La palabra los trae y la palabra se los lleva.
la palabra, de espaldas al tiempo,
los hace por un costado humanos
y por otro lado eternos.



POBRECITA LA STORNI

Pobrecita la Storni
dicen que era lesbiana
le quedaba grande la vida
como el traje de un payaso
y a la vez pequeña
como una pluma en la garganta.
Pobrecita la Storni,
la del cuerpo adolorido
la de los amores que se caen, para perderse,
entre los senos
y los precipicios.
Pobrecita la Storni
la que despertaron de golpe
para caer cabeza abajo
en tierra de nadie
y vivir como un fantasma,
buscando cuerpos abandonados para habitar.
Pobrecita la Storni,
la que hablaba sola,
en las muchedumbres y los teatros.
La que sólo encontró vida
en el mar inmenso, de sus palabras
degolladas...